Jujuy y los múltiples colores de la Quebrada

Jujuy y los múltiples colores de la Quebrada

En la era del retoque digital, el viajero incrédulo que prepara su viaje podría desconfiar un poco cuando ve las fotos de las montañas jujeñas que despliegan vetas ya no de siete, sino de catorce colores. Pero apenas pone un pie dentro mismo de la foto, cuando entra finalmente en el paisaje al estilo de los sueños de Kurosawa, toda incredulidad queda de lado: la naturaleza, maestra desde mucho antes de la era del Photoshop, desparramó aquí generosa sus mejores colores.

Eso sí: le llevó tiempo, un tiempo geológico. Dicen que unos 600 millones de años para el verde del óxido de cobre, 400 millones para el blanco de los sedimentos de piedra caliza, 90 millones para el morado del plomo y carbonato de calcio, unos cuatro millones para el rosado de la arcilla y arena…

Químicos y geólogos estarían de fiesta, por no hablar de los fotógrafos, que persiguen las mejores horas de luz para que los rayos del sol revelen con intensidad cada uno de los matices de la quebrada de Humahuaca. Matices que estallan en tres puntos en particular: el cerro de los Siete Colores en Purmamarca, la Paleta del Pintor y la Serranía del Hornocal, los tres hitos imperdibles de un circuito por la región.

Los rojos de Purmamarca

Al grupo de chicos que juega al pie del algarrobo centenario en una esquina de la plaza de Purmamarca no los sorprenden los matices del cerro de los Siete Colores: son para ellos, simplemente, su telón cotidiano. Y no los sorprende tampoco el vaivén diario de visitantes. Porque si alguna vez fue una rareza, en los tiempos en que Purmarmarca era la ciudad del desierto que evoca su nombre aymará, hoy el pueblito es un destino turístico concurrido. Sobre todo por la mañana, cuando hacen escala las excursiones que parten de San Salvador para recorrer la Quebrada en el día. Pero después, cuando se van los ómnibus y el pueblo vuelve a la calma, Purmamarca recupera su esencia de calles tranquilas, de silencio, de casas de adobe.

El cerro de los Siete Colores se puede subir, para tener una vista de todo el pueblo, pero lo mejor es verlo desde el mirador al que se accede tomando hasta el final la calle Florida: desde aquí se consigue la postal más clásica de Purmamarca. De paso se puede disfrutar del contraste de la calle con su homónima porteña…

Y el recorrido no estaría completo sin hacer el paseo de tres kilómetros que se interna en las formaciones conocidas como Los Colorados, entre ondulantes formaciones montañosas que ofrecen todos los matices del rojo. También por eso, porque vale la pena recorrer los pliegues de estas colinas forjadas por el tiempo, no alcanza con una simple parada y es mucho mejor planificar un viaje durmiendo en Purmamarca, para experimentar después de la puesta de sol el asombroso silencio de la Quebrada.

Pinceladas humahuaqueñas

Ciudades, pueblos, caseríos, parajes. Se suceden uno tras otro a medida que se avanza por la Quebrada, a lo largo de unos 150 kilómetros, aunque el tramo propiamente turístico es menor y por eso suele recorrerse en el día. En las principales localidades -Tilcara, Humahuaca, la propia Purmamarca- ya no se ven casi las collas con sus coloridas faldas y sus típicos sombreros, tal vez la punta más visible de esta cultura resistente, pero quien camina el verdadero interior de la región sabe que fuera de las áreas turísticas no cambiaron ni las costumbres ni el ritmo de vida.

Uno de esos caminos pasa por el borde mismo de Maimará. El pueblo es pequeñito, pero legendario gracias a la Paleta del Pintor, esa montaña que se diría realmente trazada a fuerza de pinceladas de gigante en óleo rojizo, verdoso y ocre. Una leyenda la considera nacida de la pasión del joven Huayna Mallku por una mujer que era en realidad una diosa: el amor mueve montañas, pero también las pinta, en capas que más prosaicamente los expertos datan en los períodos Terciario y Cuaternario.

Aquí es la tarde la hora ideal para verla, cuando resplandece con sus mejores colores. Justo delante se encuentra, sobre la misma RN9, el pequeño cementerio local, que también es imprescindible visitar por la riqueza que revela de las tradiciones humahuaqueñas. Y a pocos kilómetros, la Posta de Hornillos -que unía el Alto Perú con el virreinato del Río de la Plata- pone el toque de historia que nunca falta en las rutas jujeñas.

Hornocal, el broche de oro

Cada pueblito tiene su encanto. Están los ángeles arcabuceros de la iglesita de Uquía; los mercados de Tilcara y Humahuaca, repletos a más no poder de hortalizas orgánicas y papines andinos de todos los colores, sabores y formas; el Pucará de Tilcara; el monolito del Trópico de Capricornio en Huacalera. Pero cuando se trata de colores, el broche de oro de este triángulo -que tiene sus otros vértices en Purmamarca y Maimará- está partiendo de Humahuaca, de donde sale un camino de ripio que después de 25 kilómetros y muchas vueltas llega hacia el mirador de la Serranía del Hornocal (la formación en sí queda un poco más lejos, a unos 60 kilómetros).

Cuesta llegar, pero es más fácil que antes, ya que el camino fue mejorado y ahora es accesible para un vehículo común, con las precauciones que implican la cornisa y la altura. En el mirador mismo, donde los únicos vecinos son algunas vicuñas huidizas y un par de antenas a lo lejos, el altímetro supera los 4200 metros. No es exagerado decir que hasta el cerro de los Siete Colores empalidece ante el espectáculo: la extensa cadena montañosa que se extiende ante la vista de los recién llegados dibuja un trazado regularmente geométrico en forma de V donde los colores se multiplican hasta el punto que la serranía se conoce como el cerro de los Catorce Colores.

 

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